El desperdicio empieza por los productores. Según el informe citado, en la fase de producción se desperdicia el 39 % de los alimentos. A éstos les siguen los restauradores, que, en España, desperdician más de 63.000 toneladas de comida al año, más del doble que hace un par de décadas, según un informe de Unilever Food Solutions avalado por la Federación Española de Hostelería y Restauración (FEHR). Pero, curiosamente, donde está el meollo de la cuestión es en nosotros, los particulares, que somos responsables del 42 % de los productos alimenticios que van a la basura.
Parece ser que es una mezcla de falta de conciencia, de un empaquetado inapropiado que no cuenta con las familias actuales, de menos miembros (o miembras, como diría alguno) y de un mal etiquetado, que no explica claramente la diferencia entre fecha de caducidad (el consumo del alimento puede hacernos daño) y fecha de consumo preferente (el alimento ha perdido parte de sus características originales, pero es perfectamente comestible), así que la solución será también una mezcla de medidas, entre las cuales estará la de concienciar a los particulares para que sean más previsores y responsables en la compra de alimentos. Es inaceptable que sigamos con este despilfarro ahora que el hambre está rozando la vieja y confortable Europa, con niños que se alimentan gracias a los vales de comida en Grecia y más de 70 millones de pobres entre sus habitantes.
Pensando en todo este sinsentido, me acuerdo de que cuando yo era chico (me gusta más chico, como se dice en el Sur, que pequeño, así que me permito esta licencia lingüística, por ser este mi blog) no existía la palabra desperdicios, o por lo menos no la recuerdo. En mi casa se decía "sobras". Y las sobras, al no ser desperdicios, se aprovechaban. Y no era porque mis padres pasaran necesidad, ni mucho menos. Era porque los dos venían de familias humildes que habían vivido con ciertas estrecheces y que tenían que aprovechar lo poco que tenían. Y ésto se les quedó en la cabeza a los dos.
En mi casa, lo que sobraba de los platos se juntaba y se le echaba a los gatos. Los pobres no conocían las delicias que venden ahora a precio de oro en los supermercados y clínicas veterinarias en enormes sacos, así que se tenían que conformar. Y, desde luego, lucían bien sanos. Y de lo que sobraba en la fuente, cazo o sartén, hacía mi madre unos estupendos suflés, irrepetibles. Eran irrepetibles porque los hacía con lo que había sobrado aquel día, o semana, así que la receta era totalmente aleatoria. Eso sí que es haute cuisine, y no lo que hacen el Adriá y sus amiguetes. Soy de los pocos afortunados en probar el souflé de lentejas deconstruídas o el gratinado de cocido con croquetas hidrogenadas. Gracias, mamá.
Hay maneras de reducir nuestros desperdicios. Sólo hay que planificar un poco y hacer una compra responsable y proporcionada. Y con los inevitables residuos que nos queden, las sobras, podemos hacer mil cosas. Bichead en internet y veréis todo lo que se puede hacer. Yo ya he empezado con mi mermelada deconstruída de posos de naranjas y estoy encantado. Para empezar, os recomiendo que visitéis estos sitios:
http://www.afindemes.es/5230/trucos-para-aprovechar-las-sobras/
http://hoycocinamama.blogspot.com/2007/06/cocina-de-sobras.html
http://www.mis-recetas.org/recetas/search?text=sobras
¡Que lo disfrutéis!
| Tweet |
No hay comentarios:
Publicar un comentario