lunes, 26 de marzo de 2012

Despavimentar

Desde que descubrimos el asfalto y el hormigón hemos asociado el progreso a la pavimentación de nuestras calles y aceras. Tras siglos de calles sucias que se volvían impracticables con la más mínima lluvia, llegó el progreso con las calles asfaltadas y las aceras perfectamente pavimentadas. Así se llegó a la locura de las plazas duras de los años 90 en nuestro país. Hoy en día empiezan a alzarse voces contra esta excesiva pavimentación de nuestras ciudades y pueblos que crea una costra que impide respirar a la tierra que hay bajo nuestros pies.

La excesiva pavimentación de nuestras calles hace que la gestión de las aguas pluviales se haga cada vez más difícil en nuestras ciudades. Las superficies asfaltadas acumulan la suciedad del ambiente y esta suciedad es arrastrada por la lluvia y llevada posteriormente a ríos y acuíferos. En la naturaleza, todas estas impurezas se van filtrando poco a poco y de forma distribuída a través del terreno, lo que evita su acumulación y la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas. Además, si permitimos que nuestras calles y plazas sean relativamente permeables  mediante zonas sin pavimentar (arriates, parterres, jardines, parques...) haremos que la gestión de las aguas pluviales sea más sencilla, filtrándose directamente al terreno, evitando inundaciones y permitiendo la recarga natural de los acuíferos.


Depave es una organización de Portland, en los EEUU, que promueve la eliminación de superficies pavimentadas en las ciudades para conseguir una atmósfera más limpia, unas aguas de más calidad y la promoción de la agricultura a nivel local y urbano. De este modo, convierten aparcamientos asfaltados en frondosos jardines, plazas duras en huertos comunitarios, patios hormigonados en verdaderos bosques...

En ningún caso son proyectos carísimos ni de difícil ejecución. Normalmente lo hacen con voluntarios y el uso de materiales es mínimo. Lo más importante es la implicación que tiene que tener la comunidad de vecinos que va a usar y mantener el espacio. Esperemos que la semilla de la "despavimentación" germine en España y tengamos unas ciudades y pueblos más conectados con la naturaleza.

jueves, 15 de marzo de 2012

Cocinar con el sol

Las cocinas solares, en contra de lo que mucha gente podría pensar, no son simples excentricidades de ecologistas radicales, sino que suponen una oportunidad para mejorar las vidas de millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza y que, para cocinar, utilizan leña u otros combustibles contaminantes que acarrean la deforestación de su entorno y la aparición de enfermedades pulmonares que reducen su esperanza de vida.

  

Un poco de historia de las cocinas solares

 

Se sabe que hace 2.000 años, en la antigua Judea, los esenios ya cocinaban hostias de cereales silvestres en rocas calentadas por el sol. También los griegos, los romanos y los chinos experimentaron con lo que llamaban el “espejo ustorio”, utilizando espejos curvos para concentrar los rayos solares de manera que conseguían que cualquier objeto entrara en combustión. La primera persona que construyó un artefacto para cocinar con el sol fue el naturalista suizo Horace de Saussure, que en torno a 1767 cocinaba frutas en un horno solar que alcanzaba temperaturas de 90 ºC, por lo que es considerado como el abuelo de la cocina solar.

 

A finales del siglo XIX se sabe de algunos intentos en India y China, pero es a partir de los años 50 del siglo XX cuando se produce el nacimiento de las cocinas solares actuales, a raíz del espíritu pacifista y ecologista surgido tras las dos guerras mundiales, que inspiró un movimiento que buscaba un futuro estable y pacífico. De hecho, fue la ONU la que comenzó a promover investigaciones en el ámbito de las cocinas solares para paliar la deforestación provocada en el tercer mundo por el uso de combustibles vegetales para la elaboración de alimentos.

Tras unas décadas en las que la cocina solar había caído casi en el olvido, se está produciendo en la actualidad un renacimiento en el interés por ella, provocado por una combinación de sensibilidad ciudadana por el cambio climático y de la crisis energética que parece asomar a la vuelta de la esquina de éste recién estrenado siglo XXI.

 

Tipos de cocinas solares y su funcionamiento


Existen, principalmente, dos tipos de cocinas solares: el horno solar y el concentrador solar. El horno solar basa su funcionamiento, principalmente, en el efecto invernadero, mientras que el concentrador solar utiliza una superficie cóncava y reflectante para concentrar los rayos solares en un punto llamado foco donde se pueden conseguir altas temperaturas.
El horno solar, como ya se ha dicho, aprovecha el efecto invernadero para aumentar la temperatura en su interior. Básicamente consiste en una caja con una tapa de vidrio que deja entrar los rayos solares, que calientan los materiales del interior. Esta energía calorífica tiene mayor longitud de onda que la luz visible, y no puede salir a través del vidrio, quedando atrapada en el interior del horno.
Además, para aprovechar y aumentar el efecto invernadero, se usan diversas estrategias. Para evitar que, por conducción o convección, el calor salga al exterior del horno se debe aislar muy bien la caja y crear un compartimento lo más estanco posible. Para introducir la mayor cantidad de luz visible posible se pueden usar reflectores. El uso de materiales metálicos, tanto en los recipientes como en el fondo del horno, aprovechará el calor irradiado por ellos, que no puede escapar a través del vidrio. Otra estrategia muy efectiva es pintar de color negro todo el interior del horno, para absorber toda la radiación existente.


El concentrador solar utiliza una tecnología completamente distinta, aprovechando las características de las superficies parabólicas, que reflejan todos los rayos que llegan paralelos al eje de la parábola en un punto llamado foco, donde pueden llegar a producirse temperaturas muy altas (hasta 175 ºC).

 

Ventajas e inconvenientes de cada sistema


La principal diferencia entre los hornos y los concentradores solares está en el tiempo que se tarda en alcanzar las temperaturas más altas, mayor en el caso de los primeros. Esto hace que el tiempo de cocinado sea de aproximadamente el doble en los hornos solares que en los concentradores. Sin embargo, esto no tiene por qué ser un inconveniente, dado que a partir de 100 ºC se pueden destruir las vitaminas y proteínas de los alimentos. De hecho, en los hornos solares la cocción es más uniforme y no hay que estar pendientes mientras se cocina, dado que los alimentos no se pueden quemar.

Por otro lado, en los concentradores se puede freír, ya que se puede evacuar rápidamente el vapor de agua que sale de los alimentos, mientras que en los hornos esto no sería posible, al ser un compartimento estanco.

 

Cocinas solares en el mundo


Los hornos solares se pueden elaborar con materiales presentes en cualquier parte del mundo (cartón, madera, vidrio, metal) y son una tecnología muy fácil de transferir a personas sin educación. Esto hace que existan programas de introducción de estas cocinas en muchas partes del mundo llevados a cabo por diversas ONG (p.e., Solar Cookers International). Estos hornos no solo impiden la deforestación del entorno, sino que hacen posible la pasteurización, y con ello la potabilización del agua, con los beneficios sanitarios que conlleva.
Por su parte, los concentradores parabólicos se están usando con mucho éxito en instalaciones grandes, como por ejemplo la existente en Abu Road, India, de 3,5 kW de potencia y capaz de preparar 40.000 platos al día.

 

Recetas


Se pueden cocinar todo tipo de platos: pastas, arroces, panes, bizcochos, pizzas, patatas asadas, huevos duros… Además, en el caso de los hornos, es posible preparar varios alimentos a la vez en diversos recipientes sin tener que preocuparse de que se quemen. Existen multitud de sitios en Internet y libros en las librerías con suculentas recetas para este tipo de cocinas. Que aproveche.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Los granjeros del futuro

Siempre me ha gustado tener un huerto en casa. Coger los tomates directamente de la mata y pegarles un bocado como si fueran manzanas, el embriagador olor de las hojas de las tomateras al pasar la mano por ellas en verano, comer los guisantes directamente de la vaina, abrir un melón recién cortado al terminar de comer... Y he tenido la suerte de disfrutarlo desde pequeño, unos años mejor que otros, gracias a mi padre, que siempre ha conservado, con más o menos fuerza, su afición por el noble arte de la horticultura.

Pero nunca le había dado más importancia, hasta que el otro día ví el documental de la BBC "A farm for the future". En él, su autora, Rebecca Hosking reflexiona sobre el modo en que producimos nuestros alimentos actualmente y cómo deberá evolucionar para sobrevivir a la desaparición de los combustibles fósiles. Rebecca es una realizadora de documentales de naturaleza que se plantea volver a la granja que sus padres tienen en la comarca de Devon, Inglaterra, para continuar con el negocio familiar. 

Pero su proyecto no es continuar con la forma de trabajar de sus padres, totalmente convencional y muy dependiente de los combustibles fósiles, sino que se plantea dar un giro total hacia una producción sostenible y respetuosa con el medio ambiente.


La elección de Rebecca no es caprichosa ni parte de una militancia ecologista: ella sabe que la agricultura y la ganadería se encuentran en una encrucijada sin precedentes. Hasta ahora, la producción agrícola y ganadera ha podido alimentar a la creciente población del planeta gracias a los avances en tecnología y genética y a la existencia de los combustibles fósiles, que hasta ahora han sido abundantes y económicos. Pero esto ya no es así, el petróleo es cada día más caro y difícil de extraer, los avances tecnológicos en agricultura han empobrecido la tierra hasta dejarla prácticamente estéril y el abuso en el uso de especies modificadas genéticamente y de los monocultivos ha hecho a éstos mucho más vulnerables a plagas y cambios climáticos.


Una de las posibles soluciones a este problema puede estar en la permacultura, una teoría ecológica que persigue el diseño de asentamientos humanos basados en la naturaleza. ¿Cómo se traduce esto en la agricultura y la ganadería? Pues es muy sencillo, la permacultura, inspirándose en la naturaleza, propone la producción de alimentos creando verdaderos ecosistemas que funcionan como un ciclo cerrado, reutilizando los residuos como fertilizantes. Las granjas que visita Rebeca en el documental parecen más bosques que explotaciones agrícolas y ganaderas, presentando un aparente caos. Pero si te acercas, puedes ver que están llenas de vida. Hay prados donde pastan las vacas en los que, en vez de una sola especie de hierba, hay más de una docena, lo que los hace más resistentes a las pisadas de los animales y a las inclemencias meteorológicas, con lo que pueden ser usados durante todo el año, sin que haga falta mantenerlos con maquinaria pesada.

Estos bosques "artificiales" producen alimentos a diferentes alturas: hierba para los animales en el suelo, bayas en los arbustos y frutas a la altura de la mano. Además, los árboles sirven también para alimentar a los animales. En estos verdaderos vergeles, hay multitud de pájaros que, con sus deposiciones, aportan el potasio necesario para el crecimiento de las plantas, lo que los hace independientes del uso de fertilizantes químicos, derivados del petróleo. Y también hay miles de insectos que, entre otras cosas, polinizan las plantas.


La permacultura podría contribuir, decisivamente, a la producción de alimentos en un mundo sin combustibles fósiles. Como dice uno de los entrevistados, experto en petróleo, la cuestión no es cuándo se agotarán los yacimientos, sino cómo vamos a vivir en un mundo sin combustibles fósiles. Y esto está a la vuelta de la esquina, y no es moco de pavo. Mientras tanto, nuestros gobernantes se dedican a intentar salvar a los mercados. Y, que yo sepa, los euros no sirven para quitar el hambre.