lunes, 26 de marzo de 2012

Despavimentar

Desde que descubrimos el asfalto y el hormigón hemos asociado el progreso a la pavimentación de nuestras calles y aceras. Tras siglos de calles sucias que se volvían impracticables con la más mínima lluvia, llegó el progreso con las calles asfaltadas y las aceras perfectamente pavimentadas. Así se llegó a la locura de las plazas duras de los años 90 en nuestro país. Hoy en día empiezan a alzarse voces contra esta excesiva pavimentación de nuestras ciudades y pueblos que crea una costra que impide respirar a la tierra que hay bajo nuestros pies.

La excesiva pavimentación de nuestras calles hace que la gestión de las aguas pluviales se haga cada vez más difícil en nuestras ciudades. Las superficies asfaltadas acumulan la suciedad del ambiente y esta suciedad es arrastrada por la lluvia y llevada posteriormente a ríos y acuíferos. En la naturaleza, todas estas impurezas se van filtrando poco a poco y de forma distribuída a través del terreno, lo que evita su acumulación y la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas. Además, si permitimos que nuestras calles y plazas sean relativamente permeables  mediante zonas sin pavimentar (arriates, parterres, jardines, parques...) haremos que la gestión de las aguas pluviales sea más sencilla, filtrándose directamente al terreno, evitando inundaciones y permitiendo la recarga natural de los acuíferos.


Depave es una organización de Portland, en los EEUU, que promueve la eliminación de superficies pavimentadas en las ciudades para conseguir una atmósfera más limpia, unas aguas de más calidad y la promoción de la agricultura a nivel local y urbano. De este modo, convierten aparcamientos asfaltados en frondosos jardines, plazas duras en huertos comunitarios, patios hormigonados en verdaderos bosques...

En ningún caso son proyectos carísimos ni de difícil ejecución. Normalmente lo hacen con voluntarios y el uso de materiales es mínimo. Lo más importante es la implicación que tiene que tener la comunidad de vecinos que va a usar y mantener el espacio. Esperemos que la semilla de la "despavimentación" germine en España y tengamos unas ciudades y pueblos más conectados con la naturaleza.

jueves, 15 de marzo de 2012

Cocinar con el sol

Las cocinas solares, en contra de lo que mucha gente podría pensar, no son simples excentricidades de ecologistas radicales, sino que suponen una oportunidad para mejorar las vidas de millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza y que, para cocinar, utilizan leña u otros combustibles contaminantes que acarrean la deforestación de su entorno y la aparición de enfermedades pulmonares que reducen su esperanza de vida.

  

Un poco de historia de las cocinas solares

 

Se sabe que hace 2.000 años, en la antigua Judea, los esenios ya cocinaban hostias de cereales silvestres en rocas calentadas por el sol. También los griegos, los romanos y los chinos experimentaron con lo que llamaban el “espejo ustorio”, utilizando espejos curvos para concentrar los rayos solares de manera que conseguían que cualquier objeto entrara en combustión. La primera persona que construyó un artefacto para cocinar con el sol fue el naturalista suizo Horace de Saussure, que en torno a 1767 cocinaba frutas en un horno solar que alcanzaba temperaturas de 90 ºC, por lo que es considerado como el abuelo de la cocina solar.

 

A finales del siglo XIX se sabe de algunos intentos en India y China, pero es a partir de los años 50 del siglo XX cuando se produce el nacimiento de las cocinas solares actuales, a raíz del espíritu pacifista y ecologista surgido tras las dos guerras mundiales, que inspiró un movimiento que buscaba un futuro estable y pacífico. De hecho, fue la ONU la que comenzó a promover investigaciones en el ámbito de las cocinas solares para paliar la deforestación provocada en el tercer mundo por el uso de combustibles vegetales para la elaboración de alimentos.

Tras unas décadas en las que la cocina solar había caído casi en el olvido, se está produciendo en la actualidad un renacimiento en el interés por ella, provocado por una combinación de sensibilidad ciudadana por el cambio climático y de la crisis energética que parece asomar a la vuelta de la esquina de éste recién estrenado siglo XXI.

 

Tipos de cocinas solares y su funcionamiento


Existen, principalmente, dos tipos de cocinas solares: el horno solar y el concentrador solar. El horno solar basa su funcionamiento, principalmente, en el efecto invernadero, mientras que el concentrador solar utiliza una superficie cóncava y reflectante para concentrar los rayos solares en un punto llamado foco donde se pueden conseguir altas temperaturas.
El horno solar, como ya se ha dicho, aprovecha el efecto invernadero para aumentar la temperatura en su interior. Básicamente consiste en una caja con una tapa de vidrio que deja entrar los rayos solares, que calientan los materiales del interior. Esta energía calorífica tiene mayor longitud de onda que la luz visible, y no puede salir a través del vidrio, quedando atrapada en el interior del horno.
Además, para aprovechar y aumentar el efecto invernadero, se usan diversas estrategias. Para evitar que, por conducción o convección, el calor salga al exterior del horno se debe aislar muy bien la caja y crear un compartimento lo más estanco posible. Para introducir la mayor cantidad de luz visible posible se pueden usar reflectores. El uso de materiales metálicos, tanto en los recipientes como en el fondo del horno, aprovechará el calor irradiado por ellos, que no puede escapar a través del vidrio. Otra estrategia muy efectiva es pintar de color negro todo el interior del horno, para absorber toda la radiación existente.


El concentrador solar utiliza una tecnología completamente distinta, aprovechando las características de las superficies parabólicas, que reflejan todos los rayos que llegan paralelos al eje de la parábola en un punto llamado foco, donde pueden llegar a producirse temperaturas muy altas (hasta 175 ºC).

 

Ventajas e inconvenientes de cada sistema


La principal diferencia entre los hornos y los concentradores solares está en el tiempo que se tarda en alcanzar las temperaturas más altas, mayor en el caso de los primeros. Esto hace que el tiempo de cocinado sea de aproximadamente el doble en los hornos solares que en los concentradores. Sin embargo, esto no tiene por qué ser un inconveniente, dado que a partir de 100 ºC se pueden destruir las vitaminas y proteínas de los alimentos. De hecho, en los hornos solares la cocción es más uniforme y no hay que estar pendientes mientras se cocina, dado que los alimentos no se pueden quemar.

Por otro lado, en los concentradores se puede freír, ya que se puede evacuar rápidamente el vapor de agua que sale de los alimentos, mientras que en los hornos esto no sería posible, al ser un compartimento estanco.

 

Cocinas solares en el mundo


Los hornos solares se pueden elaborar con materiales presentes en cualquier parte del mundo (cartón, madera, vidrio, metal) y son una tecnología muy fácil de transferir a personas sin educación. Esto hace que existan programas de introducción de estas cocinas en muchas partes del mundo llevados a cabo por diversas ONG (p.e., Solar Cookers International). Estos hornos no solo impiden la deforestación del entorno, sino que hacen posible la pasteurización, y con ello la potabilización del agua, con los beneficios sanitarios que conlleva.
Por su parte, los concentradores parabólicos se están usando con mucho éxito en instalaciones grandes, como por ejemplo la existente en Abu Road, India, de 3,5 kW de potencia y capaz de preparar 40.000 platos al día.

 

Recetas


Se pueden cocinar todo tipo de platos: pastas, arroces, panes, bizcochos, pizzas, patatas asadas, huevos duros… Además, en el caso de los hornos, es posible preparar varios alimentos a la vez en diversos recipientes sin tener que preocuparse de que se quemen. Existen multitud de sitios en Internet y libros en las librerías con suculentas recetas para este tipo de cocinas. Que aproveche.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Los granjeros del futuro

Siempre me ha gustado tener un huerto en casa. Coger los tomates directamente de la mata y pegarles un bocado como si fueran manzanas, el embriagador olor de las hojas de las tomateras al pasar la mano por ellas en verano, comer los guisantes directamente de la vaina, abrir un melón recién cortado al terminar de comer... Y he tenido la suerte de disfrutarlo desde pequeño, unos años mejor que otros, gracias a mi padre, que siempre ha conservado, con más o menos fuerza, su afición por el noble arte de la horticultura.

Pero nunca le había dado más importancia, hasta que el otro día ví el documental de la BBC "A farm for the future". En él, su autora, Rebecca Hosking reflexiona sobre el modo en que producimos nuestros alimentos actualmente y cómo deberá evolucionar para sobrevivir a la desaparición de los combustibles fósiles. Rebecca es una realizadora de documentales de naturaleza que se plantea volver a la granja que sus padres tienen en la comarca de Devon, Inglaterra, para continuar con el negocio familiar. 

Pero su proyecto no es continuar con la forma de trabajar de sus padres, totalmente convencional y muy dependiente de los combustibles fósiles, sino que se plantea dar un giro total hacia una producción sostenible y respetuosa con el medio ambiente.


La elección de Rebecca no es caprichosa ni parte de una militancia ecologista: ella sabe que la agricultura y la ganadería se encuentran en una encrucijada sin precedentes. Hasta ahora, la producción agrícola y ganadera ha podido alimentar a la creciente población del planeta gracias a los avances en tecnología y genética y a la existencia de los combustibles fósiles, que hasta ahora han sido abundantes y económicos. Pero esto ya no es así, el petróleo es cada día más caro y difícil de extraer, los avances tecnológicos en agricultura han empobrecido la tierra hasta dejarla prácticamente estéril y el abuso en el uso de especies modificadas genéticamente y de los monocultivos ha hecho a éstos mucho más vulnerables a plagas y cambios climáticos.


Una de las posibles soluciones a este problema puede estar en la permacultura, una teoría ecológica que persigue el diseño de asentamientos humanos basados en la naturaleza. ¿Cómo se traduce esto en la agricultura y la ganadería? Pues es muy sencillo, la permacultura, inspirándose en la naturaleza, propone la producción de alimentos creando verdaderos ecosistemas que funcionan como un ciclo cerrado, reutilizando los residuos como fertilizantes. Las granjas que visita Rebeca en el documental parecen más bosques que explotaciones agrícolas y ganaderas, presentando un aparente caos. Pero si te acercas, puedes ver que están llenas de vida. Hay prados donde pastan las vacas en los que, en vez de una sola especie de hierba, hay más de una docena, lo que los hace más resistentes a las pisadas de los animales y a las inclemencias meteorológicas, con lo que pueden ser usados durante todo el año, sin que haga falta mantenerlos con maquinaria pesada.

Estos bosques "artificiales" producen alimentos a diferentes alturas: hierba para los animales en el suelo, bayas en los arbustos y frutas a la altura de la mano. Además, los árboles sirven también para alimentar a los animales. En estos verdaderos vergeles, hay multitud de pájaros que, con sus deposiciones, aportan el potasio necesario para el crecimiento de las plantas, lo que los hace independientes del uso de fertilizantes químicos, derivados del petróleo. Y también hay miles de insectos que, entre otras cosas, polinizan las plantas.


La permacultura podría contribuir, decisivamente, a la producción de alimentos en un mundo sin combustibles fósiles. Como dice uno de los entrevistados, experto en petróleo, la cuestión no es cuándo se agotarán los yacimientos, sino cómo vamos a vivir en un mundo sin combustibles fósiles. Y esto está a la vuelta de la esquina, y no es moco de pavo. Mientras tanto, nuestros gobernantes se dedican a intentar salvar a los mercados. Y, que yo sepa, los euros no sirven para quitar el hambre.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Comportamiento del sistema eléctrico en 2011

El pasado 4 de enero de 2012, Red Eléctrica Española publicó el Avance del Informe del Comportamiento del Sistema Eléctrico en 2011, aunque los medios no parecieron enterarse. Desgraciadamente, en nuestro querido país, el analfabetismo energético es absoluto, gracias, en gran parte, a los medios de desinformación por su falta total de interés en el tema. Como consecuencia, los grandes lobbies contrarios al desarrollo de las renovables están consiguiendo que cale entre la población el mensaje de que las renovables son caras y poco efectivas.  Echándole un vistazo a este informe es muy fácil tener una idea bastante clara de por dónde han ido los tiros en cuanto a la generación eléctrica en el país en el año anterior. Los principales puntos de dicho informe, resumidos, han sido los siguientes:

  • La demanda anual de energía eléctrica corregida ha registrado un descenso del 1,2% respecto al año anterior.
  • Los máximos anuales de demanda de potencia media horaria y de energía diaria se alcanzaron respectivamente el 24 y 25 de enero con 44.107 MW y 884 GWh, ambos inferiores en un 1,7% y un 2,5% respecto a los máximos históricos registrados en el 2007.
  • La potencia instalada aumentó en 1.879 MW, situando la capacidad total de generación al finalizar el año en 100.576 MW (un 1,9% superior a la del año anterior). La gran mayoría de ese aumento de potencia (el 93 %) proviene de nuevas infraestructuras de origen renovable, principalmente eólicas (997 MW) y solares (674 MW).
  • El producible hidráulico se situó en 22.954 GWh, un 18% inferior al valor medio histórico y un 37% menor que el registrado en el 2010 (año destacado por una elevada hidraulicidad). 
  • En cuanto al balance de producción, la mayor parte de las tecnologías han registrado caídas de producción respecto al año anterior, con significativos descensos de la hidráulica (un 28 %) y de los ciclos combinados (un 22 %). Por el contrario, las centrales de carbón duplicaron su generación respecto al 2010 y las tecnologías fotovoltaica y termoeléctrica tuvieron un incremento del 26% y del 193% respectivamente.
  • Respecto a la cobertura de la demanda, la nuclear se ha situado a la cabeza cubriendo el 21% de la demanda (un 22% en 2010), le siguen los ciclos combinados con una aportación del 19% (un 23% en 2010). En tercer lugar se han situado: la eólica que mantiene con un 16% la misma representación que el año anterior, el carbón que eleva su contribución al 15% (un 8% en 2010) y la hidráulica que desciende al 11% (un 16% en 2010). El resto de tecnologías han mantenido una contribución similar al año anterior.
  • En conjunto, las energías renovables han cubierto el 33% de la demanda, tres puntos menos que el año anterior, debido principalmente al descenso de generación de energía hidráulica.
  • Durante el 2011 la eolicidad, o viento disponible, ha sido notablemente menor que en el 2010, dentro de los relativamente estrechos márgenes de variabilidad de esta tecnología en términos de cómputo de la energía anual producida. Ello ha llevado a que durante el 2011 no se hayan superado los máximos de producción del año anterior. Sin embargo, el 6 de noviembre de 2011 a las 2.00 horas se registró un nuevo máximo de cobertura de la demanda con energía eólica (un 59,6% frente al máximo anterior del 54,0 %), al coincidir una importante producción eólica con una demanda baja y un notable saldo exportador.
  • El aumento de generación con carbón por un lado, y la menor producción de otras fuentes de energía (hidráulica, eólica y nuclear) han dado lugar a un repunte de las emisiones de CO2 del sector eléctrico que se han estimado para el 2011 en 73 millones de toneladas, un 25% más que en 2010.
  • El saldo de intercambios internacionales ha sido exportador en 6.105 GWh, un 27% inferior al del 2010. Este descenso proviene principalmente de un cambio de signo en el saldo neto de intercambios a través de la interconexión con Francia que, tras ser exportador por primera vez en 2010, vuelve a ser importador por un valor de 1.189 GWh en 2011.
Como se puede ver, a pesar de la opinión de las compañías eléctricas y de los productores convencionales, las renovables, le pese a quien le pese, generan un tercio de la demanda eléctrica en nuestro país. Esto, además de evitar emisiones de CO2 a la atmósfera, evita la compra de combustibles fósiles al exterior, disminuyendo nuestra dependencia energética exterior y garantizando que todo el dinero que se ha gastado y los puestos de trabajo empleados en la generación se quedan en nuestro país. Algunos, que han suprimido las primas a las renovables temporalmente, parecen no enterarse del tema. Esperemos que recapaciten y reconsideren su posición al respecto y vuelvan a dar impulso a estas energías de una vez por todas. España sería, sin duda, un país mejor. Y más respirable.
 

martes, 21 de febrero de 2012

Adictos al plástico

Por fin, después de dar mil vueltas por los pasillos del súper, de haber vuelto corriendo a por las latas de mejillones, que eran, en realidad, a por lo que había ido, llego a la caja. La cajera, con gesto displicente y haciendo bailar un rock´n roll a su chicle de fresa ácida dentro de su boca, va pasando los productos por el lector a gran velocidad. Me mira con gesto aburrido y pregunta: "¿Quiere bolsa?" La miro con un cierto temor y le digo: "No, gracias". Ella me mira con gesto desafiante y me dispara con otra pregunta: "¿Seguro? Son gratis...". No me amilano, me echo la chaqueta para atrás y dejar así el bolsillo de mi pantalón a la vista y le digo: "No te preocupes, llevo bolsa de tela".

Afortunadamente, este "duelo" ya no se da más que en las tiendas pequeñas, dado que, por ley, los supermercados están obligados a cobrar las bolsas de plástico. Sorprendentemente, muchísima gente ha dejado de usar estas bolsas por motivos monetarios. Está claro que, cuando a la gente le tocan el bolsillo, suele reaccionar. Es triste, pero es así. Por lo menos en España.

Para mí siempre ha sido un sufrimiento la cantidad de plástico que usamos, aunque no queramos. En la ciudad quizás no te das mucha cuenta, pero cuando sales al campo y ves la cantidad de bolsas, botellas y todo tipo de envases que deja la gente en los lugares más insospechados, llegas a ser consciente del impacto que estos productos tienen en el medio ambiente. Y dado que no se conoce ningún organismo capaz de degradar el plástico, este impacto es enorme, ya que cada trozo de plástico que se ha fabricado, existe todavía en algún lugar de nuestro planeta.


La muy recomendable película-documental canadiense "Adictos al plástico" ("Addicted to plastic", 2008, Ian Connacher) habla sobre este tema en profundidad: sobre el tiempo que tarda un plástico en degradarse (de 100 a 1000 años); sobre el impacto que puede producir a miles de kilómetros de su lugar de fabricación o utilización (la famosa Isla de Basura que hay en el océano Pacífico, tres veces más grande que España); sobre la toxicidad de los plásticos usados en alimentación...


Pero el documental no se limita a los aspectos negativos de este material derivado del petróleo, sino que propone soluciones a través del ejemplo de diversas empresas e instituciones que se dedican, de alguna manera, a disminuir o eliminar el impacto de los plásticos en el medio ambiente. Como BioPak, empresa australiana que fabrica todo tipo de embalajes y envases totalmente biodegradables. Como Wastaway, que, a partir de la basura doméstica, fabrica un producto llamado Fluff que puede convertirse en combustible, generar electricidad, o transformarse en material de construcción. O como Conserve India, empresa que elabora todo tipo de complementos (cinturones, carteras, bolsos, collares...) a partir de bolsas de plástico, reduciendo la basura de los vertederos y empleando a gente de las clases más desfavorecidas.

En cualquier caso, la primera y más efectiva de las medidas que podríamos tomar para disminuir o eliminar el impacto del plástico en nuestro mundo es reducir su uso al mínimo posible, eligiendo productos cuyo envase sea de plástico reciclado, cartón, papel o vidrio, productos todos ellos de menor impacto o más fácil reciclado. Y si nos tenemos que pelear con la cajera, pues nos peleamos. Pero con educación y una sonrisa, eso siempre.

lunes, 13 de febrero de 2012

Un litro de luz

En los suburbios de Manila hay todavía tres millones de familias sin acceso a la electricidad que viven en chabolas cuya única fuente de luz, durante el día, es el hueco de la puerta, que suele ser, además, el único acceso al exterior. Por otra parte, dentro del área metropolitana de la capital filipina existen igualmente asentamientos chabolistas que, si bien disponen de electricidad, lo hacen de una forma tan precaria que se producen incendios de forma habitual por las malas conexiones.

La fundación Myshelter, creada por Illac Díaz, intenta mejorar las condiciones de estas familias a través de proyectos sostenibles y generadores de empleo. Uno de estos proyectos es Isang Litrong Liwanag (Un litro de luz), que pretende llevar una fuente de luz sostenible y segura a todas estas viviendas, tanto en Manila como en el resto del país. El diseño de la botella solar ha sido desarrollado por unos estudiantes del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, en sus siglas en inglés) a partir de experiencias similares en otros países, y se basa en los principios de las Tecnologías Apropiadas, un concepto que busca cubrir las necesidades básicas en países en desarrollo mediante tecnologías sencillas y fácilmente replicables.

El invento no puede ser más sencillo: una botella de plástico llena de agua y un poco de lejía se introduce en un agujero practicado en el techo de la vivienda, introduciendo la luz solar de forma económica y sostenible y facilitando la vida a sus moradores. El agua es para mejorar la refracción de la luz y su distribución por la habitación y la lejía para que permanezca clara y limpia durante más tiempo. El agujero en el techo se sella con silicona para evitar la entrada de agua. Es una tecnología de fácil difusión y hecha con materiales reciclados, económicos y de fácil acceso.


Mediante este sencillo y genial artilugio las familias que no disponen de electricidad tienen acceso a una fuente de luz gratuita durante el día. Las que sí tienen conexión eléctrica consiguen bajar la factura de la luz hasta en un 40 %. El invento supone, en resumen, una gran mejora en sus condiciones de vida, de forma económica y sostenible.


Tendemos a pensar que el diseño es cosa de clases altas, de gente snob y adinerada. Sin embargo, el diseño tiene un potencial de cambiar la vida de las personas ilimitado. Sólo hay que dirigirlo de manera adecuada. El buen diseño es como esta bombilla solar, sencillo, económico y práctico. Cada vez que veo a los cocineros-estrella que acaparan cada vez más minutos y pagínas en los medios de descomunicación con su diseño culinario de altos vuelos que sólo sirve para llenar sus egos y los de sus clientes, pienso en estos otros genios anónimos, desconocidos, que emplean su tiempo y sus recursos en mejorar las vidas de miles de personas. Esto sí que es haute-design.

lunes, 6 de febrero de 2012

Desperdicios vs Sobras

Ayer leí un artículo en el diario El País en el que se trataba el tema de los alimentos que se desperdician en Europa. De acuerdo con dicho artículo, en España se desperdician, de media, 163 kilos de alimentos por persona al año, lo que hace un total de 7,7 millones de toneladas al año, muy cerca de los 179 kilos al año por habitante europeo, según un informe del Parlamento Europeo. De hecho, España está en el grupo de cabeza de los países despilfarradores, ocupando el sexto lugar detrás de Alemania (10,3), Holanda (9,4), Francia (9), Polonia (8,9) e Italia (8,7). No está mal, somos los segundo en desempleo y ahora esto.

El desperdicio empieza por los productores. Según el informe citado, en la fase de producción se desperdicia el 39 % de los alimentos. A éstos les siguen los restauradores, que, en España, desperdician más de 63.000 toneladas de comida al año, más del doble que hace un par de décadas, según un informe de Unilever Food Solutions avalado por la Federación Española de Hostelería y Restauración (FEHR). Pero, curiosamente, donde está el meollo de la cuestión es en nosotros, los particulares, que somos responsables del 42 % de los productos alimenticios que van a la basura.

Parece ser que es una mezcla de falta de conciencia, de un empaquetado inapropiado que no cuenta con las familias actuales, de menos miembros (o miembras, como diría alguno) y de un mal etiquetado, que no explica claramente la diferencia entre fecha de caducidad (el consumo del alimento puede hacernos daño) y fecha de consumo preferente (el alimento ha perdido parte de sus características originales, pero es perfectamente comestible), así que la solución será también una mezcla de medidas, entre las cuales estará la de concienciar a los particulares para que sean más previsores y responsables en la compra de alimentos. Es inaceptable que sigamos con este despilfarro ahora que el hambre está rozando la vieja y confortable Europa, con niños que se alimentan gracias a los vales de comida en Grecia y más de 70 millones de pobres entre sus habitantes.


Pensando en todo este sinsentido, me acuerdo de que cuando yo era chico (me gusta más chico, como se dice en el Sur, que pequeño, así que me permito esta licencia lingüística, por ser este mi blog) no existía la palabra desperdicios, o por lo menos no la recuerdo. En mi casa se decía "sobras". Y las sobras, al no ser desperdicios, se aprovechaban. Y no era porque mis padres pasaran necesidad, ni mucho menos. Era porque los dos venían de familias humildes que habían vivido con ciertas estrecheces y que tenían que aprovechar lo poco que tenían. Y ésto se les quedó en la cabeza a los dos.


En mi casa, lo que sobraba de los platos se juntaba y se le echaba a los gatos. Los pobres no conocían las delicias que venden ahora a precio de oro en los supermercados y clínicas veterinarias en enormes sacos, así que se tenían que conformar. Y, desde luego, lucían bien sanos. Y de lo que sobraba en la fuente, cazo o sartén, hacía mi madre unos estupendos suflés, irrepetibles. Eran irrepetibles porque los hacía con lo que había sobrado aquel día, o semana, así que la receta era totalmente aleatoria. Eso sí que es haute cuisine, y no lo que hacen el Adriá y sus amiguetes. Soy de los pocos afortunados en probar el souflé de lentejas deconstruídas o el gratinado de cocido con croquetas hidrogenadas. Gracias, mamá.

Hay maneras de reducir nuestros desperdicios. Sólo hay que planificar un poco y hacer una compra responsable y proporcionada. Y con los inevitables residuos que nos queden, las sobras, podemos hacer mil cosas. Bichead en internet y veréis todo lo que se puede hacer. Yo ya he empezado con mi mermelada deconstruída de posos de naranjas y estoy encantado. Para empezar, os recomiendo que visitéis estos sitios:
http://www.afindemes.es/5230/trucos-para-aprovechar-las-sobras/
http://hoycocinamama.blogspot.com/2007/06/cocina-de-sobras.html
http://www.mis-recetas.org/recetas/search?text=sobras


¡Que lo disfrutéis!

lunes, 30 de enero de 2012

Bocadillos: cómo envolverlos sin dañar el medio ambiente

El otro día me comentaba un amigo que su mujer, en un arrebato de ecologismo activo, ha cambiado el papel albal por un envoltorio más sostenible cuando hace los bocadillos a su hijo. Y no sé si por casualidad o por mor del destino, ayer, una amiga, mientras disfrutábamos de un reconfortante almuerzo en la cumbre de la provincia de Sevilla (El Terril, 1.128 m), me preguntó por el tiempo en que tarda en descomponerse el ya citado papel de aluminio. Así que me he dicho: Dani, esto es una entrada para tu blog. Y aquí está.

Hace tiempo que intento no usar papel de aluminio para envolver los bocadillos. Siempre me ha parecido un material muy dañino para el medio ambiente y me ha dado mucho palo usarlo para algo tan puntual como envolver un bocadillo. Pero comencemos por el principio. ¿Cuánto tarda en descomponerse el papel de aluminio? Aunque las cifras varían, puede tardar en descomponerse entre 350 y 400 años. Además, el aluminio necesita grandes cantidades de energía para su fabricación, durante la que se emiten gases muy contaminantes. No parece, pues, un material muy adecuado para un uso tan efímero. 


¿No merecen algo más decente nuestros queridos bocatas? Yo creo que sí, así que voy a intentar echaros una mano. En un principio nos pueden venir dos alternativas al papel de aluminio: el plástico y el papel. Tal y como se aprecia en el cuadro de arriba, extraído de la Guía de Compra Responsable (Asociación General de Consumidores), ambos materiales son más respetuosos con el medio ambiente que el dichoso papel de aluminio, así que parecería lógico y recomendable usarlos en su lugar.

Pero podemos ir más allá, en nuestro glorioso camino hacia la sostenibilidad. ¿Por qué no recuperar la clásica fiambrera o algo similar? Existen en el mercado productos lavables y eternamente reutilizables especialmente diseñados para alojar esos maravillosos bocadillos que siguen preparando algunas madres (mamá, a ver si me preparas uno de esos de tortilla que tanto me gustan). Primero podemos citar las fundas para bocadillo de Lékué. Están hechas de silicona, un material flexible, resistente, antiadherente y de fácil limpieza.

 
En segundo lugar recomendamos el Boc´n Roll, un envoltorio de algodón y poliéster, con una cara interior de plástico ecológico que se adapta al bocadillo en cuestión, sea de paté o de chorizo, y que es perfectamente lavable en la lavadora.


Por último, y no por ello peor, tenemos Ecotó, una servilleta de tela y plástico que se enrolla sobre el afortunado sandwich o bocata, evitándonos así el dañino y efímero uso del desgraciadamente tradicional papel de plata.
Como habéis podido leer, podemos disfrutar de ese maravilloso invento que es el bocadillo de una forma más respetuosa con el medio ambiente, ahorrándonos, además, unos eurillos, lo cual no está nada mal, en los tiempos que vivimos. 


viernes, 27 de enero de 2012

Pequeña guía del ecologista urbano


En un entorno tan en apariencia poco natural como son las ciudades puede parecer muy difícil o prácticamente imposible llevar una vida respetuosa con el medio ambiente. Sin embargo, esto no sólo no es así, sino que no requiere que el interesado se convierta en un héroe adalid de la causa ecológica. Más bien se trata de conseguir cambiar algunas costumbres en nuestro día a día que nos lleven por la senda del desarrollo sostenible. Al final todo suma, que es lo importante.


Las claves para una vida más ecológica en la ciudad

En lo que a un ciudadano de a pie respecta, puede actuar sobre los siguientes aspectos de su vida cotidiana si quiere llevar una vida más respetuosa con el medio ambiente: el transporte, los productos de consumo, los residuos y la energía. El reto es bien sencillo: reducir las emisiones de CO2 producidas, las materias primas consumidas, los residuos generados y la energía utilizada derivados de las acciones efectuadas por cualquier persona en su vida diaria.


El transporte: cómo reducir las emisiones de CO2

Los vehículos a motor queman siempre algún tipo de combustible para poder moverse, proceso en el cual emiten, entre otros gases nocivos, dióxido de carbono. Los híbridos son más limpios, pero siguen siendo contaminantes, mientras que los eléctricos, además de ser todavía caros y tener poca autonomía, no son ecológicos si la energía utilizada para generar la electricidad consumida no lo es.

Dicen que la mejor energía es la que no se consume, así que las medidas a tomar pasarán por reducir al mínimo el uso del vehículo privado, utilizando el transporte público, haciendo piernas con la bici en los desplazamientos cortos o, incluso, andando. Existen otras posibilidades como el carpooling, que fomenta el uso compartido de los vehículos privados o el carsharing, que permite el alquiler de coches por horas, con todo incluido y disponibilidad inmediata, aunque, por ahora, no están disponibles en todas las ciudades.

Si no queda más remedio que usar el vehículo privado, existen muchos hábitos en la conducción que se pueden cambiar para reducir el consumo de combustible: evitar velocidades superiores a los 120 km/h, llevar un buen mantenimiento del vehículo, huir de los acelerones…


Los productos de consumo

Los productos de consumo incluyen todos aquellos adquiridos para ser consumidos y utilizados en el hogar, comprendiendo alimentos, ropa, mobiliario… En este aspecto, el abanico de opciones es muy amplio, pero implicará la elección de los productos minimizando el impacto que su fabricación y transporte han tenido sobre el medio ambiente. Esto es fundamental, dado que los vendedores y distribuidores no tienen más remedio que plegarse a los gustos de la gente, que tiene un poder de influencia absoluto sobre ellos.

En cuanto a los alimentos, bastará con elegir, en la medida de lo posible, productos locales y de temporada, lo que evitará grandes desplazamientos y el uso de pesticidas y abonos que contaminan los suelos.

Para el resto de los productos se vigilará que sus procesos de fabricación hayan sido lo menos contaminantes posible y que las materias primas utilizadas se hayan obtenido de forma sostenible.

En ambos casos, existen tiendas ecológicas especializadas, ya sean de ropa, de alimentación, de materiales de oficina, o de todo tipo de productos que operan en internet y también en algunas ciudades en las que es fácil informarse sobre este asunto. Además, las grandes superficies están empezando a ofrecer productos ecológicos en algunos de sus establecimientos.


Los residuos: reducirlos al mínimo y reciclarlos

Los residuos se están convirtiendo en un gran problema en nuestras ciudades, ya que cada vez se generan más. En este sentido, lo mejor será recurrir a la regla de las tres erres: reducir, reutilizar, reciclar.

Una primera medida será, pues, reducir los residuos a la mínima expresión, evitando los envases pequeños e individuales y los materiales no reutilizables, no reciclables o no biodegradables. Siempre será preferible comprar a granel llevando el recipiente que comprar los productos ya envueltos, como se hacía antiguamente. El vidrio será preferible al metal de las latas, pues es más fácilmente reciclable. Habrá que elegir los embalajes de papel o cartón frente a los de plástico.

La segunda opción será reutilizar. Los envases de vidrio se pueden usar para almacenar el aceite usado, las conservas, las legumbres… Los tetra-bricks se pueden reutilizar como envases para guardar alimentos o congelarlos.

¿Qué hacer con lo que no es reutilizable? En este caso habrá que reciclar, pero sabiendo lo que se hace. Por ejemplo, el papel o el cartón que tienen restos de comida no son reciclables. Las tapas metálicas de los envases de vidrio deben ir al contenedor amarillo. Los residuos peligrosos (pilas, aceite, pinturas…) deberán ir a los puntos limpios habilitados por los ayuntamientos.


La energía: la mejor es la que no se consume

En cuanto a la energía, la medida principal será reducir el consumo al mínimo posible, usando la calefacción y la climatización de forma racional, mejorando el aislamiento de los edificios, utilizando combustibles menos contaminantes, colocando bombillas de bajo consumo, comprando electrodomésticos eficientes.


Como se ha visto, llevar una vida más ecológica y sostenible en la ciudad no implica unos gastos extraordinarios ni la conversión al fundamentalismo ecologista más radical, sino que pasa por realizar pequeños cambios en nuestros hábitos diarios que, si son aplicados por la mayoría de los ciudadanos, pueden reducir de forma importante su impacto en el medio ambiente.

martes, 24 de enero de 2012

Cortacésped ecológico

Ya hacía tiempo que conocía el asunto, pero el otro día, leyendo mi querida National Geographic, volví a acordarme. La revista del rectángulo amarillo hablaba de la existencia de rebaños de ovejas que, por un módico precio, mantienen perfectamente enrasado y mantenido el césped, la grama o similar de cualquier parque, jardín o patio de instituciones públicas, empresas o particulares. También están los rebaños de cabras, más eclécticas en sus gustos, por lo que se utilizan, más bien, para la eliminación de malas hierbas, incluyendo las plantas invasivas, así como del exceso de vegetación que es susceptible de provocar incendios en algunos de nuestros bosques. A esto último lo llaman "targeted grazing", que podría traducirse como "pasto selectivo". 

Foto de David McNew, Getty Images
De acuerdo con el artículo de la National Geographic (enero de 2012, versión en inglés), esta práctica es muy popular en países como los Estados Unidos, Canadá o Australia. Y también en Europa. Nosotros, como es habitual, no nos atrevemos a estas innovaciones, y preferimos seguir con las más fiables, ruidosas y contaminantes máquinas cortacésped. 

Es curioso cómo los países anglosajones son más abiertos a la novedad. No les importa si algo es aparentemente excéntrico o ridículo. Si sirve y es efectivo, lo aplican, sin meterse en nada más. En España nos importan más las apariencias, el decoro, por lo menos de cara a la galería. Así que, hasta donde yo sé, esta forma de mantenimiento de jardines no ha llegado aún a nuestro país, aunque he encontrado algún artículo sobre un gallego que se está introduciendo en este campo.
 
Lo bueno de estas prácticas es que son totalmente respetuosas con el medio ambiente: no usan combustibles de ningún tipo, no contaminan, no hacen ruído alguno. Además, acceden a lugares inaccesibles para las máquinas. Por unos 200 $ al día se puede alquilar un rebaño de cien cabras. Google, Yahoo o el Ayuntamiento de San Francisco, usan habitualmente este tipo de servicios. Es raro. Parece una excentricidad. Pero funciona. ¿Por qué no usarlo? 

martes, 17 de enero de 2012

Cocinar con el lavavajillas

El pasado 24 de diciembre me encontré con un artículo en el diario El País que me dejó estupefacto. Se titulaba "¡¿Cocinar con el lavavajillas?!" (leer artículo completo). En el artículo hablaban de una cocinera, y también bloguera, italiana que investiga nuevas formas de cocinar, más ecológicas y sostenibles. Se llama Lisa Casali, y es, además de cocinera, máster en Ciencias Naturales.  



Lisa comenzó por preguntarse qué podía hacer con todos los desechos que generaba al cocinar, cómo aprovecharlos sin tener que arrojarlos a la basura. A mí me surge esta duda continuamente: ¿qué hacer con las hojas, los tallos, las raíces de las verduras? ¿se podrían aprovechar las pieles de las naranjas, limones, manzanas...? Mi madre siempre me cuenta que en su pueblo, cuando comían habas, no tiraban las vainas, sino que las freían en aceite, quedando riquísimas. Y si no, pues por lo menos se las daban a los animales del corral.

Hoy en día, los urbanitas, para bien o para mal, no tenemos animales que coman estos manjares, así que nos vemos obligados a desecharlos. Más bien tenemos unos seres peludos casi de diseño que sólo comen piensos especialmente fabricados para ellos. En algún momento de mi existencia alguien decidió que a un perro o a un gato no se le podía alimentar simplemente con las sobras, sino que necesitaba un producto de más calidad (y precio) para su delicado estómago.

La propuesta de Lisa es muy interesante, porque en su blog (www.ecocucina.org) no sólo propone recetas para aprovechar los desperdicios de la cocina, sino que se preocupa también por reducir la energía empleada para cocinar nuestros alimentos. En un alarde, en mi humilde opinión, de auténtica y fresca genialidad, propone aprovechar el calor del lavavajillas para cocinar carne, pescado o verduras. Para ello usa recipientes herméticos que evitan que se contaminen los alimentos. 

Lo que más me gusta de esta idea es que demuestra que hay otra forma de hacer las cosas, otras maneras de resolver los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día. Y no sólo estoy hablando de medio ambiente, sino de economía, política, urbanismo, justicia... Seguimos empleando recetas de siglos pasados a una sociedad que ha cambiado muchísimo y que nos lleva la delantera, quizás en varias décadas. Echadle un vistazo a la web de Lisa. Como aperitivo, aquí os dejo un vídeo con una receta suya. Os servirá de inspiración, os lo aseguro. 


miércoles, 11 de enero de 2012

Mermelada de naranja 3R

Parece que ser que la regla de las 3R nació en Japón allá por el año 2.002 para intentar reducir el volumen de residuos de sus ciudadanos, de gran impacto en un país de un tamaño tan reducido. La regla de las tres erres incluye tres estrategias que debemos tener en cuenta en nuestra vida diaria para minimizar el impacto de nuestros residuos: reducir, reutilizar y reciclar. Y, además, en ese orden.


Por reducir se entiende que debemos disminuir el consumo de bienes y energía. La energía más ecológica es la que no se consume, está claro. Lo mismo pasa con los bienes de consumo: mientras menos utilicemos, menor será el impacto de los residuos que generemos. Un ejemplo podría ser la elección de los productos que compramos en función de su embalaje, escogiendo aquéllos que usen menos materiales en su empaquetado, evitando los envases pequeños. También podemos optar por escoger materiales de menor impacto, como por ejemplo, el vidrio, que es más fácilmente reciclable que el metal o el plástico.


Reutilizar es un concepto igualmente sencillo y fácilmente aplicable: supone dar una segunda vida a un bien que ya hemos usado. Una bolsa de plástico que pasa a ser bolsa de basura. Un folio impreso por una cara que usamos también por la otra. Un tarro de vidrio vacío que usamos para hacer conservas...

Por último, y no menos importante, reciclar. Esta estrategia está muy de moda y en boca de todos, así que no entraré en más detalles, confío en vuestra sapiencia.


Todas las mañanas me levanto bien temprano para hacer zumo de naranja para mi Lola y para un servidor. En total, seis naranjas seis, como dirían los taurinos. Siempre había tirado, con no poca pena, la naranja sobrante. Y siempre me había preguntado si no se podría hacer algo con ella. Como tengo ese gran aparato que es la Thermomix y alguna vez he hecho mermelada, se me ocurrió el otro día que podía intentar hacerla con los restos de los zumos, así que me he tirado una semana recogiendo la pulpa de la naranja con una cucharita y mucho cariño y la he ido metiendo en un bote de vidrio. Hoy, por fin, me he lanzado y le he añadido el azúcar, el limón y la zanahoria y me ha salido una mermelada riquísima. 


Supongo que os parecerá un pequeño gesto que no sirve para mucho, pero imaginad qué pasaría si todos lo hiciéramos, cuántos residuos dejaríamos de enviar al basurero. No lo vemos, pero para vivir de una forma más sostenible debemos llenar nuestro día a día de estos pequeños gestos, educarnos en esta forma de funcionar. Yo lo estoy intentando y, os lo aseguro, es más divertido y reconfortante que tirarlo todo a la basura. Y no sabéis lo rica que está la mermelada de naranja 3R. Por si os animáis, aquí tenéis la receta para un bote de unos 440 grs.


Mermelada de naranja 3R
 Receta para Thermomix

Restos de naranja (en una semana, unos 250 grs)
La misma cantidad de azúcar
Un limón pelado sin pepitas
Una zanahoria pequeña

Introducir todos los ingredientes y triturar durante 15 segundos en velocidad 6
Luego poner 30 minutos, temperatura 100 ºC y velocidad 1.
¡Y a disfrutar!